Frente al 'flyskam', el nuevo orgullo de volar

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La industria del turismo y los viajes, que representa hoy el 10,4% del PIB mundial y es responsable de la generación de uno de cada diez empleos del planeta, debe ponerse en alerta frente a las insinuaciones de los movimientos ecologistas antisistema respecto a su rol en la emisión de gases de efecto invernadero. Ya constatábamos el rumbo que tomarían algunas iniciativas callejeras en el boletín titulado Vergüenza de volar, el pasado mes de agosto. Y lo constatamos estos días en que se celebra en Madrid la Cumbre del Clima COP25.

Desatar la histeria colectiva proclamando la emergencia climática es tan insensato como el negacionismo ante fenómenos meteorológicos que nos preocupan a todos. Aún no existen evidencias científicas categóricas para decretar un estado de emergencia que acabaría paralizando la actividad humana en el planeta, pero tampoco deberíamos mirar para otro lado cuando se disparan los indicios de que algo anormal está pasando con el clima, que los casquetes polares se deshielan, que el nivel de contaminación crece y agosta los suelos, que los fenómenos atmosféricos se agudizan y se vuelven imprevisibles, que el nivel del mar podría terminar inundando numerosas zonas costeras, que unas prolongadas sequías justificarían movimientos migratorios imprevistos y que, aunque solo sea por higiene, nuestras ciudades deberían limpiarse de malos humos y malos olores, tan perjudiciales además para el turismo.

Superado el problema del hambre, el medio ambiente debería ser el motivo prioritario de preocupación de toda la Humanidad. No solo de gobiernos y empresas, sino de todas las personas que habitamos este planeta. Dicho esto, queda por afrontar el reto consecuente a este menester, que no es otro que encontrar las vías de corrección del problema sin crear nuevos contenciosos ni regresar a las calamidades anteriores.

Es sintomático que el COP25 se haya celebrado este año en Madrid y que miles de Garbo hayan acompañado a la niña Greta en la proclamación ecuménica de que hay que hacer algo. Pero, ¿el qué? Como si implorar colectivamente las lluvias provocaran sin más un diluvio.

Muy frívolamente se sugiere un freno en el consumismo actual para regresar a los niveles preindustriales en la emisión de gases de efecto invernadero, sin añadir que una vuelta atrás significaría justificar unas defecciones humanas por hambre del 91,1% existente en el mundo preindustrial. O lo que es igual, condenar a la miseria a… ¡6.924 millones de personas! También se propone decretar la prohibición de los vehículos alimentados con combustibles fósiles, sin tener en cuenta que los eléctricos se enchufan a una red provista en su mayor parte de energías no renovables, pues las renovables no aseguran hoy por hoy el suministro demandado. Mientras tanto, se pretende establecer un estado de conciencia medioambiental mediante una mayor fiscalidad del diesel, sin reparar negligentemente en que dicha medida provocó en Francia el conflicto de los chalecos amarillos. Y luego dicen las encuestas que la inmensa mayoría de la población aceptaría renunciar al coche privado o ver incrementada su tributación por este concepto.

A propósito de las encuestas:

There are three kind of lies: lies, damned lies and statistics! [Benjamin Disraeli]

Es sintomático —decíamos— que Greta Thunberg y sus manifestantes hayan desembarcado (¿todos?) en Madrid, cuando España apenas contribuye con un tímido 0,73% a las emisiones de gases de efecto invernadero. Inexplicable que insista con sus huecas monsergas, sin soluciones correctivas, en el ámbito de una Unión Europea que no representa ni el 8% de la contaminación producida hoy en el planeta. ¿Por qué la niña Greta y su vergüenza de volar no se personan en China, causante del 29,5% de las emisiones? ¿O en las zonas industriales de Estados Unidos, que contribuyen con el 14,34% a dichas emisiones? ¿O en India y Rusia, que juntos suman el 11,69% y creciendo…? Porque, repámpanos, el argumento esgrimido por estos intelectuales es que el cambio climático se debe al ‘capitalismo depredador’, cuando es notorio que más de la mitad de la contaminación está originada por unas pocas naciones gobernadas por dictadores de izquierdas.

Seamos serios. El cambio climático nos incumbe a todos porque todos deseamos una mayor calidad de vida. Emigramos del campo a la ciudad en busca de una vida mejor, aun cuando el coste medioambiental de esa vida mejor sea tan alto como para provocar al menos un cambio en nuestra percepción del clima. Quemamos combustibles fósiles porque no queremos pasar frío en invierno ni calor en verano, porque deseamos la comodidad de trabajar bajo el techo de una oficina y no en el trigal o en el pozo minero, porque nos apetece comer las mejores carnes y las verduras más frescas, aun cuando esta práctica todavía ancestral de agricultura y ganadería libere en la atmósfera casi el 30% del CO2, el metano y el dióxido de nitrógeno contaminantes. Y, por añadidura, utilizamos plástico porque es el mejor material que el hombre ha inventado nunca, con tantas utilidades que nos tomaría días enumerar. Pero, claro, poluciona el mar porque hay seres humanos empeñados en tomar los océanos por vertederos públicos, en vez de echarlo en las papeleras al uso o financiar las investigaciones científicas con agentes bacterianos capaces de degradarlo aceleradamente.

El consumismo actual es un acto deliberado de evolución humana, por mucho que el COP25 haya concitado la atención con imágenes de unos indígenas con plumas como adalides de un consumo supuestamente responsable. Existen otros indígenas sin plumas, famélicos y atribulados por la escasez de consumo en que viven, tanto en África, América del Sur, Asia y muchas regiones de China, que no se han presentado en esta Cumbre del Clima porque contaminan hasta la extenuación por alcanzar los niveles de consumo que para todos ellos representa el ideal indígena de Occidente. Es necesario preguntarles también si merece la pena quemar oxígeno y desestabilizar el triple balance de la sostenibilidad por estar donde estamos nosotros, los malos de esta película de terror. Como malos que somos, si es que somos verdaderamente malos, podríamos impedir su desarrollo y condenarlos a la inanición para el sosiego ecológico de quienes ya estamos desarrollados.

Porque uno de los factores claves del desarrollo humano ha sido la comunicación, el intercambio comercial, el mestizaje cultural y el conocimiento del otro que ha desembocado en la globalización. Indígenas de aquí nos hemos mezclado con indígenas de allá, aceptando de unos las corbatas y de otros las plumas con que vestimos nuestros cráneos punkies. Negociamos como nunca, para los negocios y para la amistad. Nos hablamos como nunca, con un nivel de entendimiento que ha desactivado casi todos los conflictos bélicos de la antigüedad, alcanzando unos niveles de prosperidad imposibles apenas unas décadas atrás.

Y todo ese trajín de idas y venidas, de intercambio comercial y cultural, de mestizaje entre indígenas de todos los rincones del mundo, se resume —como en el catecismo— en un solo desideratum universal: el turismo. El orgullo de volar, de saltar fronteras como si el planeta fuera uno, causa aproximadamente el 2% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y, si sumamos al transporte aéreo todas las actividades que forman la industria turística, concluiríamos que el turismo participa únicamente con un 8% en el cambio climático, cinco veces menos que las actividades de alimentación, cuatro menos que el parque de viviendas, algo menos de la cuarta parte de las industrias energéticas y poco menos de la mitad de la industria manufacturera y de la construcción de viviendas. En cambio, su potencial económico es tan grande que genera el 10,4% del PIB mundial.

Por situarlo en un contexto de causa/efecto, mientras el turismo aporta a la economía mundial un valor superior a sus efectos contaminantes, un país como Venezuela causa el 0,5% de las emisiones, pero solo produce un 0,08% del PIB. Esto es, la economía turística es 8 veces más beneficiosa para el planeta que la economía de Venezuela.

Y si no queremos caer en el sesgo facilón de las contradicciones que sufren los países no estrictamente democráticos, podríamos significar el nivel contaminante de Polonia, que es de un 0,82%, frente al 0,68% de su aportación al PIB. Una polución 1,5 veces más lesiva que el valor de su PIB nacional.

Al mismo tiempo, podemos afirmar que los países más prósperos son los relativamente menos contaminantes. España contamina en un 0,73%, mientras aporta un 1,43% al PIB mundial. Francia contamina un 0,91% y aporta a la economía un 3,16%. Alemania contamina un 2,16% y aporta un 4,54%. En fin, Estados Unidos contamina un 14,34% y aporta un 24,46% al PIB mundial.

Alterar las condiciones climáticas y medioambientales en nuestro planeta no tiene nada bueno, ni nada malo. La Tierra ha existido 4.500 millones de años antes que la especie humana y sobrevivirá otros 1.000 millones a su extinción. En sus principios fue una magma incandescente de materiales y terminará siéndolo de nuevo antes de que el sol se extinga y se convierta en una enana blanca, 3.000 millones de años después. Mientras, nuestra responsabilidad consiste en mantener este planeta habitable y en las condiciones de biodiversidad exigibles desde nuestra ética humana. Las propias compañías aéreas, sin regulaciones externas, se han propuesto una reducción neta del 50% en sus emisiones nocivas para 2050, en relación con los niveles de 2005. Habida cuenta de que el planeta evolucionará por sí mismo, y el resto de las especies también, no deberíamos poner límites a nuestra propia evolución como seres inteligentes. Por lo que el sentido común aconseja un equilibrio inherente a la propia evolución de las condiciones vitales de todos, tan difícil de asegurar en estos días de aceleración tecnológica, económica, cultural y demográfica.

El turismo, desde su expresión postindustrial a mediados del siglo XX, ha contribuido notoriamente a la sostenibilidad de estos equilibrios, hoy cuestionados básicamente por el crecimiento económico y demográfico de los países infradesarrollados. No olvidemos que la población mundial ha evolucionado desde los 1.675 millones de habitantes a principios del siglo XX hasta los 7.800 millones actuales, ni que esta cifra podría duplicarse a finales del presenta siglo si África consigue salir del subdesarrollo. Desde el principio de los tiempos han discurrido (y contaminado) por el planeta unos 115.000 millones de seres humanos. Tampoco olvidemos que la huella de carbono ha evolucionado desde los 102.619 millones de dólares que producía el mundo en el año 1 a los 87.265.266 millones de dólares que producimos todos en la actualidad.

Esta fabulosa prosperidad ayuda a que el mundo de hoy sea más justo y habitable que el de ayer, por mucho que algunos pesimistas intenten agitar nuestras conciencias con credos y no con cifras meridianas, como hace Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración (Paidós, 2018). Asegurar un planeta sostenible en lo económico, en lo social y en su medio ambiente nos eleva como especie inteligente, al tiempo que enaltece en su más profunda humanidad a las personas en su doble condición de residentes y turistas. Es una responsabilidad que nos compete a todos y muy especialmente a una industria capaz de generar la décima parte de nuestra riqueza universal.

Incriminar al turismo como causante diabólico de las emisiones de gases de efecto invernadero es peligroso para la paz mundial y la prosperidad futura del mundo.

Fernando Gallardo |


En las redes sociales:

Ya es Navidad en las calles de Madrid. La afluencia de gente este año parece mayor de lo habitual, al menos en las sensaciones a pie de calle. Una bola gigante de 12 metros de altura ilumina la Gran Vía en su cruce con Alcalá. Más de 10 millones de bombillas decoran la ciudad, cuyo atractivo turístico sube muchos enteros estos días, a la espera de que se inaugure el hotel Four Seasons y terminen pronto los trabajos del Mandarin Oriental que colocarán a Madrid en el mapamundi del turismo urbano.
#FelicesFiestas

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¿Quieres participar en una expedición científica a la Antártida? Airbnb busca a cinco voluntarios que sueñen con pisar el continente helado para analizar el contenido de microplásticos por vertidos marinos.

¡Tómate unos meses sabáticos y haz algo por el planeta de tus hijos!

https://press.airbnb.com/antarcticsabbatical/

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El afamado crítico gastronómico Pete Wells descubre para el New York Times las 20 delicias de Little Spain, el nuevo mercado de José Andrés y los hermanos Adrià en Nueva York.

Otro aldabonazo para la gastronomía española. Otro aliciente para hacer turismo gastronómico en España.

Saborea España (Tasting Spain)

https://www.nytimes.com/interactive/2019/07/23/dining/mercado-little-spain-review-pete-wells.html

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La AEDH - Asociación Española de Directores de Hotel presenta a su nuevo equipo de delegados por destinos turísticos. Es ostensible el rejuvenecimiento de esta organización veterana en el panorama turístico ibérico, que ha iniciado una nueva etapa donde los contenidos serán marcadamente innovadores y sus directivos incrementarán su influencia en los principales centros de decisión del turismo internacional.
#AEDH2030


Tema de debate:

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Estrategias ‘datacéntricas’ orientadas a una mejor experiencia turística

Una de las razones por las que no digerimos bien el poder transformador de la innovación y la tecnología estriba en la relativización sistemática de los datos, que nos hace más comprensible el mundo actual en referencia al pasado y al futuro. 


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