La democracia y los medios de conversación

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Fernando Gallardo |

He visitado esta semana el Capitolio del estado norteamericano de Wisconsin, en el centro vertebral de su capital, Madison. Durante toda la visita, acompañado de diversos legisladores y juristas, he palpitado con la sensación de morar en la verdadera sede de la democracia. La primera democracia moderna del mundo, surgida como consecuencia de la Declaración de Virginia, en 1776.

Diseñado por el arquitecto neoyorquino George B. Post, el edificio no puede ser más monumental. Al menos, en la versión que todos entendemos por monumento. Mide 86 metros de altura desde la planta baja hasta la cima de la estatua en bronce de Wisconsin en la cúpula, esculpida en 1920 por Daniel Chester French. Su mano izquierda sostiene un globo terráqueo coronado por un águila y su brazo derecho está extendido para simbolizar el lema del estado, ¡adelante! Una ley estatal de 1990 impide que cualquier edificio a menos de una milla del capitolio sea más alto que la base de las columnas que rodean y soportan su cúpula.

El edificio tiene planta de cruz latina, con una enorme bóveda central en su interior que distribuye las cuatro naves conceptuales de la democracia: la Cámara de Representantes, el Senado, el Tribunal Superior de Justicia y la Corte de Apelaciones. Adentro se respira un ambiente de legalidad —y también de burocracia— como no se suele respirar en la calle. Los togados comparten sus considerandos y apelaciones. Los jueces escuchan, estudian y sentencian. Los elegidos debaten y promueven el ordenamiento del Estado. Las instituciones públicas consultan y ejecutan el resultado de lo ordenado. Si bien es cierto que, a diferencia de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno europeo, aquí la separación de poderes es más ideológica que geográfica. Apenas unos metros separan al ejecutivo, el legislativo y el judicial. Y hasta el mismo Gobernador del Estado reside en el edificio.

Un flechazo de confianza, serenidad, orden e inteligencia traspasa el corazón democrático de este santuario de la política ciudadana. Confieso que respiré muy hondo desde que pisé sus altivos salones y corredores. Y hasta me entraron ganas de presentarme en el hemiciclo y soltarme un speech de esos que le zambullen (o elevan) a uno en loor popular, dicho sea de paso el verdadero sentido del olor a pueblo.

Al salir, sin embargo, descubrí a qué huele la calle sin pasar por los intermediarios de la voluntad ciudadana. Desde luego no a la naftalina de los reguladores y magistrados, no al ozopinador con el que el servicio de mantenimiento higieniza los estrados, no a la pátina del tiempo que envuelve cada estatua y columna capitolina, cada pilar de la democracia analógica. Y ese aroma post democrático me llevó a pensar que al crucifijo arquitectónico del Capitolio le faltaba, como le faltan hoy a nuestros parlamentos occidentales, la quinta columna del Estado de Derecho, que es el nuevo pilar digital de la democracia: las redes sociales.

Porque las redes sociales no tienen edificio que las albergue. Este nuevo fenómeno de la comunicación política ciudadana reside en la nube, allá donde ni siquiera alcanza la Atenea dorada que culmina la cúpula beaux arts del Capitolio. Tan esenciales en la conformación democrática actual que sin ellas no se entendería la fenomenología de los nuevos populismos que prenden en toda Europa y que ha aupado a la presidencia de la nación más poderosa de la tierra a un empresario librepensador que emite sus decretos por Twitter sin pasar antes por el BOE. Trump, Johnson y otros demócratas populistas son, pese a que no gusten a todos, la vanguardia política de lo que nos espera en las próximas décadas de transformación digital. Muchos prefieren no entender de qué va todavía el poder distribuido en la red. Peor para ellos.

¿De verdad seguimos creyendo que los medios de comunicación representan el “cuarto poder” del Estado de Derecho? Porque el poder de la comunicación, antes y ahora, emana en buena parte de las instituciones públicas o privadas que necesitan comunicar algo. Ese cuarto escalón del poder, inimaginado hace tres siglos por Montesquieu, nace en estos tiempos como fruto de la tecnología que permite el empoderamiento de los ciudadanos a la hora de ocupar el espacio social que les corresponde, la aterritorialidad de la nube. El cuarto poder no es el de los medios de comunicación, ni de la capacidad profesional de informar de algo. No es la capacidad de intervenir en la gente, para la gente, pero sin la gente. Este poder está hoy asignado, y cada vez más lo estará en lo sucesivo, a los ‘medios de conversación’ donde las ideas (benéficas o perversas) fluyen entre los ciudadanos de toda condición, incluso de la peor estofa, en plena libertad de ser o parecer que se es. A cada cual su capacidad de discernir, de dialogar, de maldecir, así como de confiar en las fuentes de lo conversado o desconfiar de algunas de ellas.

Nada es verdad ni mentira, salvo la senda recorrida por los Reyes Magos en su camino de las estrellas a Belén. Imponerles a los niños lo contrario bajo el castigo de la verdad es despotismo ilustrado. O populismo saturniano.


En las redes sociales:

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Este gráfico refleja la evolución de las empresas norteamericanas después de la Gran Recesión. Se podría predecir así cuál será el próximo presidente de los Estados Unidos, aunque no todo es la economía, est… Se admiten apuestas.

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Así cierra el año el Bitcoin y así es su trayectoria desde 2013. Quien invirtiera 1.000 euros ese año tiene ahora 6,6 millones de euros.
#Criptomonedas#Blockchain

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Ingeniero de Blockchain es una de las profesiones más demandadas hoy por estas 30 compañías internacionales.
#revolucionBlockchain

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Ha saltado la noticia. Ana Botín cobra 233 veces más que la media de sus empleados. Pero eso no es lo peor... Resulta que Nadal acierta con la raqueta 3.000 veces más que yo. 😖 http://www.lavanguardia.com/economia/20180509/443451087149/ibex-35-sueldo-salario-empleados-ejecutivos.html


Tema de debate:

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El futuro turístico de nuestra alimentación

Hace miles de años, una ardilla podía atravesar la península Ibérica sin tocar suelo. Iberia era una fronda espesa que exigió a este simpático animal a tocar suelo porque la agricultura requería la tala de una buena parte del bosque original. Hoy ocurre lo mismo con la cuenca del Amazonas, como denuncia la organización ecologista Mighty en su investigación vía satélite de 28 plantaciones de soja en un territorio equivalente a la décima parte de Madrid en la raya fronteriza entre Brasil y Bolivia.


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