Si te espían es que eres importante

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Los datos, y mucho más los grandes volúmenes de datos, engendran paranoia en no pocos de nosotros, la humanidad que se despierta todos los días a hora temprana para ir a trabajar. Un artículo recientemente publicado en ICON tenía como subtítulo el siguiente y llamativo mensaje: Te escucha, te ve y se adelanta a tus pensamientos: Bienvenidos al futuro 'orwelliano'

La inteligencia artificial avanza en la gestión de estos ingentes volúmenes de datos que sirven a empresas y servicios públicos para tener una idea más aproximada de nosotros mismos. Con este conocimiento pueden ofrecernos aquellos productos y servicios que más necesitamos, ahorrándonos el tiempo y la molestia de ser bombardeados con anuncios de productos y servicios que no nos interesan ni consumiremos nunca. Un gran logro que, sin embargo, plantea no pocos dilemas éticos, legales, emocionales y prácticos aireados por personas y organizaciones sociales defensoras del derecho a la privacidad.

Como bien señala el citado artículo,

A cambio de hacernos la vida más fácil, los teléfonos móviles se han convertido en una amenaza para nuestra intimidad. En ocasiones por nuestra falta de diligencia al protegernos y, en otras, porque pueden hacer cosas que no alcanzamos a imaginar.

Antes de perpetrar un atentado contra el político que odiamos, por ejemplo, el sistema de inteligencia artificial que se esconde tras la inocencia de nuestros dispositivos móviles ya le estarían dando el chivatazo a la policía de nuestra intención. Qué fastidio. Podrían incluso anticiparse a la terminación de esa bomba que estamos fabricando, y que nos ha costado tanto esfuerzo y tanto dinero, para abortar el atentado. Habíamos conseguido burlar su sistema de seguimiento dejándonos el móvil en casa cuando fuimos a robar el detonante para la bomba, aunque sabemos que nos siguen porque unas cámaras indiscretas (que violan nuestra intimidad) nos estuvieron filmando cuando reventamos el depósito de explosivos de aquella mina que os sirvió para el aprovisionamiento de la materia prima necesaria para la fabricación del artefacto. ¡Coño!, debieron de oír en la cabina de seguimiento.

Claro que nos escuchan. La gran mayoría de las aplicaciones utilizan los permisos para activar el micro. Y casi siempre están en modo on. De este modo, los servidores de estas apps reciben constantemente fragmentos de audio, previamente anonimizados. Es decir, no les importas tú como persona, sino todo lo que puedes ofrecer como usuario/cliente.

Afortunadamente, no nos monitorizan como seres humanos, sino como perpetradores de atentados con derecho a que respeten nuestras intenciones.

Un teléfono apagado no siempre lo está: muchos teléfonos modernos son capaces de permanecer en un estado de actividad muy reducido para, por ejemplo, mantener la alarma del despertador. Yéndonos a casos muy extremos, hay malware [un programa malicioso] específico y muy especializado, como el utilizado por las agencias de inteligencia, capaz de explotar esta circunstancia. Por eso, el único teléfono muerto es un teléfono sin batería.

El apagado de un teléfono inteligente actual es una hibernación similar al estado de reposo de un ordenador portátil. Otra cosa es cuando está apagado, sin batería ni SIM. En ese caso es igual a un ladrillo. Un ladrillo que, no obstante, deberías meter en el congelador para que actúe de jaula de Faraday porque, aunque no nos escuchen, la brújula y el barómetro también ayudan a geolocalizar el teléfono móvil y encontrarlo.

Un estudio de la Universidad de Pensilvania demostró que el 93,5% de las webs porno envían datos de usuarios a terceros, como Oracle, Facebook o la propia Google, porque parece que nuestros oscuros secretos también están relacionados con nuestros hábitos. Estos gigantes tecnológicos saben que estamos preparando un atentado. Cierto es que respetan ese derecho nuestro a cometer atentados, por lo que no pueden utilizar este dato con fines publicitarios, pero eso no significa que eliminen la información.

El otro día estaba viendo la película Vengadores 4: Endgame, cogí el móvil, escribí Ben y el autocompletar de Google me escupió “benedict cumberbatch endgame”. No estaba en ningún cine, así que hay que descartar resultados personalizados por geolocalización. Tampoco soy fan fatal de la obra del actor, así que poco pueden asociar de mi historial. Google sabe más de ti que tus padres.

Pero esto no es todo. Como dice Israel Fernández, crítico cultural, fundador del magazín GameReport, creador de 5inapsi5.es y coordinador editorial para Webedia España:

Tampoco hay que olvidar que la inmensa mayoría de los resultados de búsquedas que nos sorprenden por estar relacionados con una conversación que hemos podido realizar recientemente no siempre se generan a través de escuchas, sino 'atando cabos'. Es decir, usando la localización, las búsquedas recientes, nuestras consultas en redes sociales, la hora del día e incluso los hábitos de navegación y uso de nuestro móvil.

Gracias a toda esa información, las rutinas de inteligencia artificial podrían atar los suficientes nodos como para detectar que estamos manipulando explosivos.

Desde luego que pueden. Pueden saber el dónde, el cuándo y, por contexto, el porqué. Si sacas muchas fotos a platos de pasta, recibirás más ofertas de restaurantes italianos. Incluso si decides desactivar la geolocalización lo único que conseguirás es ocultar esa información de cara al usuario porque en los metadatos de la imagen se guarda la ubicación, la app con la que fue tomada y la fecha. Recientemente, con el éxito y la polémica de FaceApp, el equipo de Yaroslav Goncharov confirmó que las fotos se borraban de los servidores a las 48 horas de ser tomadas. Aunque eso es cierto, Goncharov no contó que antes de borrar el archivo, extraen su metadata y guardan nuestra IP, la cantidad de clicks y, por tanto, la zona caliente donde más se clickea, e informaciones similares.

Así lo sostiene Alberto Ballestín, redactor especializado en tecnología y videojuegos. ¿Quién entonces analiza ese gran volumen de información? Para que debería hacerlo una inteligencia artificial, pues de lo contrario el proceso de análisis y depuración de datos sería lento y caro.

La imagen que tenemos en la cabeza de un edificio equipado con tecnología punta en mitad del desierto, con cientos de informáticos militares trabajando para el gobierno y revisando cada conversación no se ajusta demasiado a la realidad. Más allá de la NSA, el Mossad, CIA o el CNI, nuestra información se compra, se vende y se alquila mayoritariamente con fines publicitarios. Por eso, es más rentable diseñar un algoritmo para que enseñe a otro que tener a cientos de personas corrigiendo parámetros en un código.

Nuestro gozo en un pozo. En realidad no estábamos planeando un atentado para quitarnos de enmedio a ese político que odiamos. Lo hacíamos para adquirir notoriedad. Porque eso es lo que pretenden todos los grupos terroristas. Y porque nos merecemos esos 10 minutos de fama que reclamaba Andy Warhol, lo que sirvió posteriormente a Mark David Chapman a descerrajarle cuatro tiros por la espalda al vecino más famoso del edificio Dakota, en el West Side de Nueva York, John Lennon.

Las redes sociales tienen la obligación de reportar a las autoridades conductas criminales y se están firmando acuerdos para agilizar los trámites para ello. No es que la policía sepa que estás recibiendo instrucciones para colocar una bomba, pero si Facebook o Twitter detectan una conducta sospechosa, podrían avisar a las autoridades. La policía en sí misma no tiene acceso a nuestros teléfonos salvo que hayan sido intervenidos por orden judicial.

En España, el artículo 259 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal advierte que no existe un deber cívico por parte de nadie en denunciar un posible delito, pero sí existe la responsabilidad jurídica.

Muchas apps firman acuerdos gubernamentales para, a su vez, poder tener acceso a cierta información sensible.

Nos espían, pues. Pero en realidad no nos espían tanto como los paranoicos creen.

Lo que realmente necesitan las empresas son grandes volúmenes de datos. Esto hace que el perfil individual de un usuario medio no tenga demasiado valor. Por eso, más que vender nuestros datos, lo que puede suceder es que nos ofrezcan servicios o descuentos más o menos intangibles a cambio de esa información. Un claro ejemplo son los libros electrónicos Kindle de Amazon, que tienen versiones económicas con publicidad. Pagas menos por el dispositivo a cambio de ver anuncios.

En conclusión, no somos tan importantes. A quién le van a importar nuestros datos si no es para ofrecernos un libro, una aplicación, una red de información, completamente gratis…

Fernando Gallardo |


En las redes sociales:

La aceleración digital se hiperacelera... Con 53 qbits, el nuevo ordenador cuántico de Google ejecuta en 3 minutos una tarea que el superordenador más potente del mundo habría tardado 10.000 años en realizar. ¡Entramos en la era de la supremacía cuántica!

Entre sus posibles aplicaciones se incluyen el desarrollo de fármacos, la creación de nuevos materiales o la seguridad informática absoluta.

El rendimiento de este procesador cuántico de Google, denominado Sycamore, no tiene ya comparación con el que presta hoy el superordenador Summit de IBM, que se encuentra en el Laboratorio Nacional de Oak Ridge en Tennessee. Éste posee una capacidad de 200 billones de operaciones por segundo, a muy lejana distancia de lo que ahora parece ofrecer el Sycamore de 53 qbits, que pronto funcionará como un procesador de 54 qbits o bits cuánticos.

↳ #TurismoFuturo: https://www.linkedin.com/feed/update/urn:li:activity:6592783005650042880

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Durante la próxima década veremos circular por las carreteras los primeros vehículos autónomos. Desgraciadamente, la misma tecnología servirá para desplegar tropas de robots-soldado en los campos de batalla.

---Cuando la ciencia ficción deja de ser ficción...

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Didier Queloz, reciente Premio Nobel por el descubrimiento de exoplanetas, cree que hay extraterrestres y los veremos antes de 2050. Nunca un Nobel llegó tan lejos.


Tema de debate:

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Lanzarote, la isla antiaging

AntiagingLanzarote es un proyecto surgido en mi última visita a la isla este mes de junio, cuando gran parte de la población turística pertenecía a la llamada Tercera Edad. 


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